Probamos escondiéndola en algo que no pudiera resistir. Se comía todo alrededor con una precisión casi quirúrgica, y dejaba la pastilla ahí, sola, intacta, como si la hubiera esquivado a propósito.
Llegamos a intentarlo directo con la mano. Giraba la cabeza, cerraba la boca, hacía lo que fuera necesario para que no nos acercáramos.
En algún punto dejó de ser evasión. Se plantaba frente a la pastilla y nos sostenía la mirada, quieta, como advirtiéndonos que ni lo intentáramos otra vez.
Y aun así lo intentamos una última vez. Mi novia se la puso en la boca con cuidado. La escupió al instante, y nos miró de una forma que todavía recuerdo, como si hubiéramos roto algo entre nosotros, cuando lo único que queríamos era cuidarla.