Hay algo que la mayoría de los dueños no sabe: los perros están programados por evolución para esconder el dolor, no para mostrarlo.
En la naturaleza, un animal que cojea o se mueve distinto es un blanco fácil. Los que sobrevivían eran los que lograban disimular cualquier señal de debilidad, incluso estando heridos. Ese instinto no desapareció solo porque hoy duerme en un sofá. Sigue ahí, trabajando en su contra, todos los días.
Por eso puede seguir jugando, corriendo detrás de la pelota, moviendo la cola, mientras algo en sus articulaciones ya empezó a fallar por dentro.
Y hay una señal específica que casi todos los dueños ven en algún momento y descartan sin pensarlo dos veces: se levanta, cojea un poco los primeros pasos, y a los pocos metros ya está caminando normal, como si nada. Es tan breve que parece un tropiezo sin importancia. Pero ese "se le pasó rápido" no significa que no había nada. Significa que, justo ahí, algo dentro de la articulación ya está fallando.
El cartílago que amortigua cada movimiento de sus articulaciones apenas puede repararse por sí solo. Con los años, pequeños daños que antes su cuerpo absorbía sin esfuerzo se van quedando ahí, acumulándose, y el cartílago va perdiendo el agua y la elasticidad que lo hacían funcionar como amortiguador. Cada vez sostiene peor cada paso.