La mayoría de los perros no rechazan un suplemento por caprichosos. Lo hacen porque detectan señales sensoriales que les indican que eso no es comida normal.
Su olfato es la primera barrera. Un perro tiene entre 125 y 300 millones de receptores olfativos, muy por encima de los humanos, así que antes de que el comprimido llegue a la boca, ya lo ha analizado. Si desprende un olor distinto al de su comida habitual, muchos ya desconfían antes de probarlo.
Cuando decide si algo merece la pena comer, no se guía solo por el sabor. Su cerebro combina el olor, la textura, la experiencia previa y la recompensa que espera obtener.
Después está el sabor. Muchos principios activos son naturalmente amargos, y ese amargor no es casualidad, en la naturaleza suele asociarse a sustancias potencialmente tóxicas. Por eso los perros conservan receptores específicos para detectarlo y evitarlo.
Muchos masticables resultan atractivos al principio, pero cuando el perro los rompe con los dientes cambian el sabor, el olor o la textura al quedar expuestos sus ingredientes. En algunos perros, esa experiencia deja de ser agradable y deciden no terminarlo.
Y esto es lo más importante: basta con una sola mala experiencia para que el cerebro cree una asociación negativa. La próxima vez que el perro reconozca algo parecido, lo rechazará incluso antes de probarlo, sin importar cuántas veces lo intentes esconder en comida.